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“La Corte de Faraón”: el Argentino y una zarzuela con aires de revista

“La Corte de Faraón” abrió el miércoles la temporada lírica del Teatro Argentino, con una función en el Coliseo Podestá - teatro argentino

Por Nicolás Isasi

Debido a los cambios de reestructuración y reacondicionamiento iniciados a finales del año pasado, el Teatro Argentino inauguró otra problemática temporada, con una obra del género menor como es “La Corte de Faraón” y en un escenario mucho más reducido, gracias al espacio cedido por el Teatro Coliseo Podestá para sus presentaciones.

Estrenada en el Teatro Eslava de Madrid el 21 de enero de 1910, “La Corte de Faraón” es una zarzuela del compositor valenciano Vicente Lleó, con libreto de Guillermo Perrín y Miguel de Palacios. Prohibida y censurada por contar con todo tipo de excesos fue una obra muy representada en la historia de la zarzuela española, por sus pocos recursos y gracias a su brevedad. Ambientada en Egipto, la historia comienza con el pueblo que espera la llegada del héroe Putifar de la guerra de Siria. En su honor, le otorgan a Lota, una mujer de gran belleza para su casamiento. Putifar no se muestra muy complacido, ya que está herido en sus partes más íntimas y dos fieles soldados, compran al esclavo José para que sirva a su amo. Lota queda enamorada del joven, aunque José se declara casto y ajeno a las muestras de Lota. La Faraona lo juzga, pero también encantada con él, lo declara inocente y al interpretar un sueño del Faraón, es nombrado Virrey de Egipto, de la noche a la mañana. El final concluye con la coronación del joven José como Virrey.

Con alusiones constantes a la política y a la sexualidad, la pluma de “los hermanos siameses del género chico”, como eran conocidos los autores, presenta un texto simple y superficial, que por momentos cae en el chiste fácil o vulgar, sobre todo en los textos recitados (pequeños momentos sin música), donde las referencias locales de esta puesta iban desde las diagonales platenses hasta una mención a Marcelo Polino, recordando a los números de transición del teatro de revista porteño.

La escenografía de Raúl Buongiorno se adaptó a las dimensiones y posibilidades de un teatro más pequeño y con menos recursos, posicionando dos grandes esculturas a cada lado del escenario como marco fijo de toda la obra, algo que reducía aún más el espacio en los grandes momentos de conjunto. El cuadro de la pirámide con las momias al fondo, fue uno de los más logrados visualmente por su correcta iluminación. El prototipo de helicóptero del comienzo y el telón principal con proyecciones de diarios locales, jugaron algunas malas pasadas que supieron corregir a medida que avanzaba la obra. El vestuario de Fernando Ferrigno siguió la estética egipcia excepto ciertas licencias contemporáneas con cueros, tacos o gafas actuales.

Con alusiones a la política y a la sexualidad, la pluma de “los hermanos siameses del género chico” presenta un texto simple y superficial, que por momentos cae en el chiste fácil o vulgar, con referencias a las diagonales platenses y hasta una mención a Polino

En el campo musical, la obra posee bellos momentos orquestales, con un fuerte carácter español y algunos pasajes que citan la ópera “Aída” de Verdi. Ezequiel Fautario supo conducir los conjuntos, dúos y tríos con gran soltura, aunque hubo algunos contratiempos con la percusión ubicada en los palcos a cada lado del escenario. La puesta en escena de Carlos Iaquinta fue bastante tradicional, con varias referencias locales y actuaciones algo exageradas. Sebastián Sorrarain como Putifar fue uno de los roles más logrados desde lo vocal, si bien presentaba ciertos altibajos en lo actoral. El “Salve Lota pura y bella” entre las penumbras, fue uno de los mejores instantes musicales de la noche. El tenor Santiago Martínez como el Casto José, logró un personaje estable y entretenido, con solidez vocal y física. Lota, la bella esposa, estuvo adecuada en la voz de Graciela Oddone y llegó a su máximo esplendor con el dúo junto a José. Alberto Jáuregui Lorda y Verónica Díaz Benavente conformaron una cómica pareja como el Gran Faraón y su esposa. El Coro Estable, en formato reducido al habitual, tuvo una buena presencia escénica y vocal, bajo la guía de Hernán Sánchez Arteaga. Completan el elenco dos transformistas que hacen de periodistas y la Compañía de Sibila que participó con danzas muy acertadas, sobre todo en el número de castañuelas, uno de los más aplaudidos por el público.

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